
Tengo el privilegio de escribir la primera entrada de este 2010, todo un honor, sin ninguna duda. Estrenar año, "años" y unas ganas locas de viajar es lo que llevo haciendo cada ocho de enero desde que tengo uso de razón (que es cuando al fin me hago a la idea de todos los acontecimientos nuevos que tienen lugar en mi vida en un lapso de tiempo tan breve).
Y tengo que reconocer que me gusta (y no en el fondo, sino en toda su superficie) el cambio. Aunque, cuidado, no cualquier cambio. Jamás cambiaría la risa en llanto ni el gozo en pena. Tampoco cambiaría una buena costumbre o una entrañable tradición (es algo que debe ser mantenido a toda costa). El tipo de cambio que me parece interesante es el que va unido a la evolución del ser humano como tal; al crecimiento físico, mental y espiritual del hombre (aunque eso sea inseparable del envejecimiento del cuerpo). El transcurrir de los años proporciona sabiduría, experiencia y conocimiento que, ligado a una mente lúcida, puede ser un arma letal. No obstante, es cierto que la edad no perdona y que no todas las mentes se conservan frescas y sanas... Pero mientras la enfermedad o el trastorno llega (o no, tanto mejor) crecemos y aprendemos cada día (durante meses, años, décadas...); sólo tenemos que mantener los ojos bien abiertos y la mente dispuesta, para asimilar y llegar a emplear en el momento necesario toda la información que hemos ido recibiendo.
El cambio es importante y constante, todo fluye, ya lo dijo Heráclito: "Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río".
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Por cierto, feliz septuagésimo quinto cumpleaños al Rey.